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Género y Diversidad
Marcelo García y Ximena Schinca, en www.sidint.net
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Políticas de supervivencia en Argentina
14/10/2012 | (Traducción por Javier Fernández Auger) Las recientes imágenes de indignación europea contra las políticas de ajuste dictadas por tecnócratas nos retrotraen una década a quienes las observamos desde Argentina.

Cuando la crisis alcanzó su punto más álgido a fines de diciembre de 2001, nuestro país había perdido sus divisas, defaulteado una deuda imposible, malgastado los ahorros públicos y abandonado en la pobreza a más de la mitad de su población.

El sistema político entró en un vacío de poder: un presidente electo renunció y el Congreso tuvo que designar un sustituto, que también renunció y le pasó el problema a otro líder interino al que la prensa internacional llamó 'conserje'.

Mientras tanto, el pueblo argentino diseñaba una serie de estrategias de supervivencia.

En una sociedad fragmentada por una década de políticas neoliberales, cada clase encontró su propia manera de sobrevivir. La clase trabajadora desempleada se reunió en grupos piqueteros y organizaciones vecinales para reclamar trabajo o subsidios por desempleo. La clase media baja urbana buscó refugio económico en cientos de clubes de trueque, que en el pico de la crisis agruparon a más de 2,5 millones de personas. La clase media alta organizó cacerolazos permanentes en los bancos que no le devolvían sus ahorros. Los trabajadores que perdieron sus empleos debido a la quiebra de las empresas tomaron el control de sus lugares de trabajo y los mantuvieron en funcionamiento (el movimiento “sin jefes” cuenta con alrededor de 170 empresas en todo el país).

Tras décadas de negación, el derrumbe económico trajo a la superficie las carencias sociales. El año 2001 marcó el clímax de una crisis de confianza en Argentina, un país que parecía haber aceptado —sobre todo en los neoliberales años 90— que el debate público era un lujo de unos pocos y el desarrollo un sueño de antaño o una mera determinación individual. Con un Estado desmantelado y sin redes de seguridad social a mano, muchas cuestiones políticas se solucionaban en la intimidad de los hogares. En ese contexto, el rol de las mujeres creció hasta ser considerado un tema de relevancia pública clave.

Retomando una larga tradición de luchas, personificadas en las Madres de Plaza de Mayo durante la última dictadura militar, las mujeres tomaron las calles junto a sus hij@s para reclamar comida y trabajo, lideraron el desarrollo de una economía de trueque para la supervivencia y de comedores populares organizados para alimentar a niños y ancianos, y con mayor frecuencia, se hicieron cargo de la economía de sus hogares. Para 2002, según algunas estimaciones, las mujeres tenían una participación del 65% en las organizaciones piqueteras, representaban el 30% de los jef@s de hogar de la provincia más grande del país y administraban cerca de 10.000 comedores populares en toda la Argentina.

Entre tanto, la clase política luchaba por reinventarse y empezaban a percibirse algunos cambios.

El período previo a la Gran Crisis Argentina de cambio de milenio estuvo dominado por un creciente sentimiento en contra de la clase política. La ciudadanía argentina llegó a las urnas en octubre de 2001, dos meses antes del pico de la crisis. La estrella de la elección fue el llamado “voto bronca”, que incluyó el máximo porcentaje de ausentismo a una elección nacional desde el regreso de la democracia al país en 1983 y una avalancha de votos “negativos” intencionales, que consistían en votos en blanco o en sobres con insultos en lugar de boletas electorales para que el voto fuera impugnado. Paradójicamente, el Congreso electo por la “bronca” en octubre de 2001 fue el que aquel diciembre terminó designando una serie de líderes fugaces sin demasiada legitimidad.

En la década siguiente, la Argentina vio resurgir su economía en un período de crecimiento que pocos hubiesen imaginado durante las acaloradas (y largas) horas de la debacle. Aún abundan los temas pendientes (desde la persistente pobreza estructural y las asimetrías de la salud hasta la inserción externa y la violencia de género), pero muchos de los grupos que resistieron el avance final del neoliberalismo recibieron respuesta a algunos (no todos) de sus reclamos gracias a un actor que parecía haber decretado su ausencia por años: el Estado.

Las cuestiones de género son un ejemplo de demanda cívica convertida en política y un corolario positivo del default económico y social. A medida que las mujeres se vieron obligadas a abandonar el aislamiento de las tareas domésticas para sobrevivir, se encontraron con la novedad de tener que luchar por el empoderamiento en una sociedad tradicionalmente machista, haciendo valer sus demandas y sus causas. En los últimos años, Argentina concretó cambios importantes en materia de género, desde el establecimiento de jubilaciones para amas de casa y cobertura social completa para niñ@s hasta el matrimonio entre personas del mismo sexo, la identidad de género y leyes para combatir la violencia de género. Y actualmente se espera que el Parlamento apruebe una ley que introduce el femicidio en el Código Penal.

Además, el país tiene a su primera Presidenta electa. Cuando Cristina Fernández de Kirchner obtuvo su reelección con el 54 por ciento de los votos en octubre pasado y un tercer período global en la era política inaugurada en 2003 por su difunto marido, un legislador del partido gobernante sostuvo que “los votos pertenecen a los derechos ganados”. Muchos de los grupos que hace una década protestaban en las calles sintieron que algunos de sus reclamos habían sido atendidos o serían tenidos en cuenta en el futuro.

El horizonte, disipadas las nubes de la crisis, quedó en manos de la participación de ciudadanos organizados políticamente y —mientras siga siendo el mejor de los sistemas existentes— en la resolución democrática de los conflictos. Si hay algo que los argentinos tenemos para compartir es que a la salida se llega con más política, no con menos. Y que la organización y el empoderamiento de la ciudadanía, finalizada la agonía de las trincheras, tienen que pasar a la siguiente instancia de cambio de la orientación política concreta del Estado: el máximo representante del interés común.

Marcelo García (@mjotagarcia) es coordinador del Departamento de Comunicación y Cultura de SIDbaires.
Ximena Schinca (@XimeSchin) es coordinadora del Departamento de Género y Diversidad de SIDbaires.
Javier Fernández Auger (@Javier_Auger) es redactor, corrector y traductor independiente. Cursó las carreras de Periodismo, Traductorado Técnico-Científico-Literario y Licenciatura en Lengua Inglesa.

Fuente: http://www.sidint.net/content/argentina-and-politics-survival

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