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Comunicación y Opinión Pública
Roberto Samar, en Tiempo Argentino
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Perderle el miedo a la disputa y la confrontación
05/01/2013 | En muchos sectores de la sociedad circula un discurso basado en la pospolítica, que idealiza la posibilidad de los consensos y que contiene la fantasía de una sociedad sin conflictos administrada por técnicos y especialistas. Paralelamente, este discurso asocia de manera negativa la política a la confrontación y a la violencia. Desde esa perspectiva, el discurso del kirchnerismo estuvo planteado por algunos sectores como crispado y antidemocrático.

En muchos sectores de la sociedad circula un discurso basado en la pospolítica, que idealiza la posibilidad de los consensos y que contiene la fantasía de una sociedad sin conflictos administrada por técnicos y especialistas. Paralelamente, este discurso asocia de manera negativa la política a la confrontación y a la violencia.
Desde esa perspectiva, el discurso del kirchnerismo estuvo planteado por algunos sectores como crispado y antidemocrático.

Recordemos tres ejemplos:
Carlos Reutemann sostuvo que el discurso de Kirchner es "violento y agresivo", que "atrasa, expulsa y desintegra, genera divisiones y tensiones".

En el mismo sentido Chiche Duhalde sostuvo: "Los Kirchner impusieron un modelo de crispación y violencia." Su marido fue mas lejos, Eduardo Duhalde sostuvo que cuando Kirchner "habló en las puertas del Congreso, con un lenguaje y una forma que si uno apagaba la voz me hacía recordar a esos oradores como fue el führer, como fue Mussolini".

El eje en el cual se encuadra este discurso es la asociación de la confrontación y la pasión a lo autoritario. Pero si no hay disputa no hay transformación posible, e inevitablemente un discurso confrontativo es necesario para modificar la realidad, de lo contrario no se podría enfrentar a intereses concentrados y a grupos poderosos. El ideal de una sociedad sin conflictos lleva inevitablemente el mantenimiento del statu quo.

En ese sentido, el discurso del kirchnerismo se presenta como más proclive a disputar intereses. Pero, ¿por eso es más autoritario? ¿Qué entendemos por un proyecto político democrático? Un proyecto democrático de raíz es el que incorpora reclamos de distintos sectores populares y de grupos vulnerables tomándolos como propios. En ese sentido, la agenda de los debates de los últimos años no la impone el kirchnerismo, sino que nace de las organizaciones libres del pueblo. La bandera de los derechos humanos no la impuso el ex presidente, era un reclamo histórico de la sociedad. La asignación universal era un pedido del Frente Nacional Contra la Pobreza del año 2001. La ley de Servicio de Comunicación Audiovisual la soñaban la mayoría de los medios comunitarios del país. El matrimonio igualitario era el deseo histórico de minorías sexuales. El kirchnerismo tuvo la virtud de ser un movimiento democratizador de raíz, que incluye a sectores postergados, mientras transforma y desborda la realidad. No es un dogma de verdades que se repiten e imponen. Pero para modificar el statu quo y resolver problemas estructurales hay que confrontar, enfrentar intereses y pensamientos hegemónicos.

Según Chantal Mouffe, toda política es confrontativa, ya que las identidades son siempre relacionales. Por lo tanto, inevitablemente cuando uno construye una identidad política, hay un "nosotros" en relación a un "otro", que es una exterioridad. Soy lo que no es el otro.

Lo que ocurre con el discurso de la pospolítica es que intenta negar esta diferenciación constitutiva. Busca establecer el ideal de un mundo basado en el consenso, sin diferenciaciones, ni conflictos.

Sin embargo, según Mouffe, "cuando las fronteras políticas se vuelven difusas, se manifiesta un desafecto hacia los partidos políticos y tiene lugar un crecimiento de otros tipos de identidades colectivas, en torno a formas de identificación nacionalistas, religiosas o étnicas".

En ese sentido, la diferenciación nosotros/ellos es constitutiva de cualquier identidad, ya que toda identidad es relacional. Por lo cual ese ideal de una democracia sin identidades colectivas es irrealizable. Para Mouffe, "cualquier identidad colectiva implica dos: los católicos no se definirían sin los musulmanes; las mujeres sin los hombres. La idea de que se podría llegar a un nosotros inclusivo completamente es impensable teóricamente."

Pero si no hay diferenciación política, en términos de propuestas de gobierno o de pensamientos ideológicos, la diferenciación se establece en términos morales. Esta estructura de pensamiento moral lleva a pensar en antagonismos de amigo/enemigo.

Es ilustrativo el discurso de Elisa Carrió, quien sostiene que "vamos dolorosamente a un nuevo contrato moral, a un contrato republicano, que premia el mérito, que premia la virtud, vamos a necesitar mucho la virtud en este país".
El discurso moral lleva a pensar que la política es una lucha entre buenos y malos, y en ese pensamiento sólo puede imponerse "el bien" destruyendo "el mal".

Como sostuvo Carrió, "mientras no haga implosión el sistema de poder del PJ, este país no tiene salida."

El problema es que esta estructura de pensamiento antagonista basada en el opuesto de amigo/enemigo puede debilitar la democracia. Esto se debe a que "el mal" no es un adversario con quien competir, hay que eliminarlo. En ese sentido, para la profesora de Teoría Política, "cuando la división social no puede expresarse por la división izquierda/derecha, las pasiones no pueden ser movilizadas hacia objetivos democráticos, y los antagonismos adoptan formas que pueden amenazar las instituciones democráticas".
Por eso Mouffe propone el agonismo, donde "se establece una relación nosotros/ellos en la cual las partes en conflicto, si bien admitiendo que no existe una solución racional a su conflicto, reconocen sin embargo la legitimidad de sus oponentes". Es decir, no reclaman como Carrió la implosión del otro. El eje de la propuesta es suplantar la idea de "enemigo" por la de "adversario", ya que "la política democrática es por naturaleza y necesariamente adversarial". Probablemente, el crecimiento electoral del socialista Hermes Binner tiene que ver con reconocer un análisis más agonístico de la sociedad.

No hay que tenerle miedo a la política, a la confrontación o a las disputas de intereses ideológicos. Las expresiones de conflictos políticos demuestran que nuestra democracia esta viva. No hay que suprimir las pasiones, ni las identidades colectivas, hay que fortalecer y construir canales democráticos donde canalizarlas, ya que serán herramientas en la construcción de una sociedad más justa y plural.


Fuente: http://tiempo.infonews.com/2013/01/07/editorial-94116-perderle-el-miedo-a-la-disputa-y-la-confrontacion.php

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