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Leonardo Pataccini
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El populista Chávez
09/03/2013 | Seguramente, todos podríamos repasar, más o menos de memoria, cuales son los insultos más habituales que se le han dirigido a Hugo Chávez. Pero de todos ellos hay uno que tiene un contenido simbólico muy particular, y es el de “populista”. Recurrentemente, cuando se han querido descalificar su figura, su gestión y sus principios, ha sido aludido como un simple demagogo ávido por ganarse el favor del populacho. Probablemente esa parte de la acusación no esté tan equivocada, pero ahí está la parte interesante.

Indudablemente, Chávez generó un antes y después, no solo en la historia política venezolana, sino, sobretodo, en la latinoamericana. Quizás no sea exagerado decir que será recordado como uno de los personajes más destacados de todo el siglo XXI de nuestra región. Los procesos de renovación política y social que se dieron en países como Bolivia, Ecuador o Paraguay, por citar algunos ejemplos, o los procesos conjuntos de la UNASUR o el ALBA no hubieran sido posibles sin la figura de Chávez en Venezuela. Esto se debe a que él fue el primero en iniciar este camino de transformación y, para ello, interpeló a un actor social que hasta entonces permanecía oculto: el pueblo.
¿A quienes se denomina “Pueblo”, según los cánones antipopulistas? A las capas subalternas de la sociedad. A los que están excluidos del acceso a los bienes y servicios más elementales. A los que tienen necesidades básicas insatisfechas. A los que no tienen representación política ni medios para expresar sus demandas. Este sector que hacía 1998 representaba aproximadamente dos tercios de la sociedad venezolana y en él que se basó Hugo Chávez para triunfar en las elecciones de ese mismo año.
En este sentido, no caben dudas que Chávez fue un populista, puesto que la extracción de la mayor parte de los funcionarios de su gobierno y las bases sociales sobre las que se apoyó, con las que estableció los vínculos más estrechos, y los sectores para los cuales gobernó, fueron este denominado “pueblo”. Aun dentro de las críticas posibles, el legado material que dejó para estos sectores es incontrovertible: las misiones Bolivarianas que se organizaron sistemáticamente desde 2003 tuvieron como objetivo atacar los principales focos de desigualdad dentro de la sociedad venezolana. Así, se alfabetizaron a millones de personas de todo el país, reduciendo de la tasa de analfabetismo a cero en menos de tres años (2003-2005); se brindaron cobertura médica y acceso al agua potable por primera vez a numerosas zonas del territorio que nunca habían gozado de ellas; y la población por debajo de la línea de pobreza disminuyó a menos de la mitad en sus 14 años de mandato efectivo (de casi 60% en 1999 a 25% en 2012).
Claro que estos logros no deben ocultarnos sus cuentas pendientes con el conjunto de la nación: Venezuela todavía es un país rotundamente petrolero, que importa la gran mayoría de los bienes que se consume internamente –por caso, el 70% de los alimentos- y con Chávez no ha logrado diversificar su estructura productiva. Sin embargo, probablemente no sea aquí donde debemos poner el foco de atención, al menos por ahora.
Desde otra perspectiva, quizás el gran legado histórico de Chávez haya sido generar expectativas, interés y participación en los sectores que habían estado perpetuamente excluidos de la discusión política. Sectores que nunca habían tenido un candidato propio, que pensaban que no les asistía el derecho a tener demandas ni a que sus necesidades fueran atendidas. A este pueblo que estuvo históricamente relegado en Venezuela Chávez fue el primero que se dirigió abiertamente; orientando hacia él la mayor parte de los esfuerzos y recursos del Estado; desplazando del centro de la escena a quienes habían detentado ese poder desde siempre. Así, es lógico que muchos otros sectores del país (y del mundo) interpreten la palabra “populista” como un adjetivo peyorativo. Para ellos, sencillamente significa vincularse con una masa amorfa y repulsiva, sin capacidad de expresarse por si misma, cuyo advenimiento en la escena pública representa la pérdida de privilegios naturales.
En este contexto, e interminable desfile de simpatizantes conmovidos que acompañaron el cortejo fúnebre, representó mucho más que una despedida al líder ausente. Significó salir a mostrar que ellos, el pueblo, están ahí, presentes; que ahora son una parte insoslayable de la escena pública; que no van a aceptar volver a ser invisibles para el Estado venezolano, como lo fueron hasta 1999. Sencillamente, expresaron sin reparos que ellos son el Pueblo, con mayúscula, que tienen derecho a dejarse ver, a elegir a sus gobernantes, a pronunciarse y a exigir que gobiernen para ellos. En otras palabras, esos ciudadanos venezolanos, salieron a la calle para respaldar al populismo y reclamar su continuidad, así como a afirmar su identidad adquirida.
Por supuesto que el populismo tiene sus riesgos, no vamos a negarlos. Fácilmente puede derivar en personalismo o en despotismo. Pero allí ya es responsabilidad del propio pueblo, como máximo soberano, juzgar y actuar en consecuencia. Esta es la responsabilidad que tiene ahora el pueblo venezolano. En breve se llamará a elecciones y serán los ciudadanos quienes decidan qué modelo de país quieren para los próximos años. Nuevamente, este es el gran legado del populista Chávez: darle a la gran mayoría de su pueblo la posibilidad de elegir qué destino quiere y, en virtud de ello, dejar de ser un simple espectador de esa elección realizada, hasta 1998, magnánimamente en su nombre pero históricamente en su perjuicio.

Leonardo Pataccini, Docente Universitario (UBA/ UNLZ/UCES). Miembro del Capítulo Buenos Aires de la Sociedad Internacional para el Desarrollo

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