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Desarrollo Industrial
Fernando Grasso y M. Alejandro Peirano
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Para superar el cuello de botella: planificar el desarrollo
30/04/2013 | El proceso iniciado en 2003 constituye una transformación de fondo en materia económica que no debe ser subestimada, entre otras cosas, por las condiciones favorables que implicaron durante todo el período los altos precios internacionales de nuestras principales exportaciones de commodities. Sin dudas, esto contribuyó al alto crecimiento de estos años y a las mejoras en la distribución del ingreso, por ejemplo, vía retenciones a la exportación. Pero también alentó fuerzas contrarias a la transformación de la matriz productiva en el sentido buscado, hacia mayores niveles de valor agregado, diversificación y contenido tecnológico.

A pesar de ello, y como resultado de diversas decisiones de política, Argentina transitó un sendero de reindustrialización considerable, que resulta aún más notorio por el hecho de haber modificado la inercia de la etapa que tuvo lugar entre mediados de los ’70 y los ’90, en un contexto regional donde se evidencian ciertos rasgos de “primarización” en el resto de las economías latinoamericanas. Durante aquel proceso neoliberal, nuestro país fue escenario de una de las experiencias más trágicas en términos de desarticulación productiva, de transferencia de riqueza e ingresos desde los sectores industriales a los financieros y de servicios, de degradación del salario real y, en definitiva, de todo el espectro social y económico. Dicho proceso aún hoy configura una pesada carga, que no se logró revertir totalmente en los últimos diez años, aunque los avances fueron innegables.

En materia productiva, el efecto de esa “herencia” esencialmente se manifiesta en la alta elasticidad de crecimiento entre la producción industrial y las importaciones, lo cual tensiona sobre el sector externo de la economía e, indirectamente, a otros componentes macro y microeconómicos. Cada punto de expansión de la producción incrementa al menos tres puntos las importaciones. Si bien existen diferencias, esto no es privativo de la actividad industrial, sino que se extiende a las actividades primarias, de servicios y al gasto de los hogares y del sector público. Sin embargo, sí existe un importante sesgo en el perfil de las importaciones.

Como resulta lógico para una economía como la nuestra, que se expande productivamente, entre el 4050 por ciento de las importaciones son productos metalúrgicos y más de dos tercios del déficit comercial en bienes industriales se explican por estos rubros. Cabe mencionar que la industria metalúrgica fue una de las más afectadas durante la etapa neoliberal. La diversidad que caracteriza a este universo productivo es notable, pero esencialmente dichos desequilibrios se explican por tres grandes ramas: bienes de capital, autopartes y electrónica.

Entre 2003 y 2008 la actividad metalúrgica fue una de las más dinámicas de la industria local. Pero, a la luz de lo señalado, el desafío es lograr mayor “profundidad” en dicha expansión, es decir, avanzar sobre aspectos cualitativos y cuantitativos que hacen a su desarrollo competitivo y a la integración de las cadenas de valor en las que participa o debería participar. Para avanzar en este sentido, al igual que en otras ramas de actividad, se trata de enmarcar la dinámica productiva en una estrategia determinada, la cual hoy enfrenta condicionantes adicionales que derivan del escenario internacional.

No obstante, no son menores las oportunidades que, aun en dicho contexto, emergen de la planificación del desarrollo productivo, económico y social. La clave no sólo pasa por conducir la macroeconomía en un cauce adecuado, sino en la definición estratégica de la política industrial. Ambos planos resultan sumamente trascendentes y complementarios. Los conceptos amplios de agregación de valor, generación de empleo, sustitución de importaciones, inversión productiva, incorporación de tecnología, entre tantos otros que expresa acertadamente el proceso iniciado en 2003, precisan un marco estratégico detallado. Es decir, poner de manifiesto en el diseño y coordinación de instrumentos de política las metas, la acción y los recursos con los que se cuenta, donde no es trivial el grado de especificidad sectorial, ni si se explicitan o no estas cuestiones. En general, cualquier herramienta, sean subsidios, regulación de precios, administración del comercio, asistencia financiera, no suele ser buena o mala en sí misma, sino que cobra sentido dependiendo de cómo juegan en el marco de una estrategia.

En el caso automotor, por ejemplo, la búsqueda de mayor integración de autopartes en la producción local es válida y conforma una acción defensiva, pero que deberá complementarse ofensivamente a través de la relación con Brasil. En pocos años, entre el 50 y 60 por ciento de la producción de automóviles de Latinoamérica se concentrará allí, por lo que cabría planificar el desarrollo autopartista local en este sentido. En el caso de los productos de electrónica más masivos, el sendero está condicionado por la fuerte concentración tecnológica a nivel mundial, lo cual sugeriría la necesidad de “regionalizar” la estrategia de desarrollo, como un camino alternativo al ensamblado de componentes, o a situarse en algún segmento de la cadena global de valor más intensiva en conocimiento. Esto permitiría la adquisición de capacidades locales, dando lugar a una participación más virtuosa en los mercados mundiales. Por su parte, el sector de maquinarias es muy heterogéneo, lo cual plantea la necesidad de combinar diversas estrategias, algunas más defensivas, otras más orientadas a la especialización y estandarización de partes y piezas para la internacionalización de la producción. Pero todos los casos suponen la implementación de políticas industriales horizontales (para todos) y selectivas (específicas de rubros, productos o empresas).

En el caso argentino, la tarea requiere una fuerte articulación entre el Estado y los actores de las cadenas a lo largo del tiempo, incluyendo a empresas, trabajadores y aquellos organismos vinculados de índole tecnológica y educativa. Dicha participación es esencial para dar un carácter endógeno a las definiciones estratégicas, sustentar las acciones y jerarquizar las funciones del Estado y del sector privado. Conducir la estructura productiva actual a un punto superador es tan posible como lo fue lo logrado en estos años, y que algunos pensaban inimaginable.

* Grasso es Vicepresidente de la Sociedad Internacional para el Desarrollo (SIDbaires).

** Peirano es Economista (UBA) e integrante de AEDA.

Fuente: http://www.pagina12.com.ar/diario/economia/2-218956-2013-04-29.html

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